Comunicación ante la influenza

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Un blog de la Asociación Mexicana de Derecho a la Información

Preguntas culturales respondidas por la epidemia

Néstor García Canclini

Texto colocado el 5 de mayo de 2009

Un laboratorio de experimentación social y comunicacional: en esto se ha convertido México en las semanas en que la alarma gripal llevó a cerrar todas las escuelas y universidades, los cines, teatros y restaurantes, nos dejó sin museos ni espectáculos. La abstinencia cultural se extendió a todo del país, pero hai sido más larga donde comenzó, en la Ciudad de México. Sus efectos invitan a debatir algunos supuestos sobre las interacciones urbanas, la relación entre medios y escuela, las oportunidades y defecciones de los organismos públicos, la sociedad y las empresas de comunicación.

1. ¿Ocaso de las salas de cine? Coincidentemente con la expansión de la televisión en los hogares, durante los años sesenta y setenta se interpretó el cierre de salas como el fin de una época. La aparición de videocaseteras y videoclubes a partir de 1985 contribuyó al diagnostico fúnebre sobre las salas y su creciente desaparición parecía confirmarlo, aunque estudios más sutiles consideraban ya otras variables: la inseguridad en las grandes ciudades y una reorganización de los hábitos de consumo. Al irrumpir miles de multicines en el país a partir de 1995, comprobamos que el público regresaba parcialmente a salas más pequeñas y confortables, con mayor calidad de la proyección y del sonido que en la televisión casera. Las cifras de espectadores crecieron, pero el promedio de 160 millones de asistentes a salas que tenemos a partir de 2004 está lejos de los 450 millones que México registraba en 1960. Con la epidemia, el cierre de salas nos obligó a conformarnos con las películas que se podían rentar en los videocentros, comprar en puestos “piratas” y, para una minoría, descargar de la red. Se hizo evidente que en la “salida al cine” –como en el “comer afuera”- hay componentes de sociabilidad, experiencia urbana y gusto por la gran pantalla que aún sostienen su atractivo.

2. ¿La televisión está sustituyendo a la escuela? Innumerables trabajos de investigación contabilizan las horas que los niños y jóvenes pasan ante la televisión y las comparan con las que van a la escuela, encuestan a estudiantes para demostrar que saben más de Madonna, de Beckham o de los participantes en Gran Hermano que de Juárez y Madero o en qué siglos existieron la Revolución Francesa o el Imperio Romano.

El problema no reside tanto en estos resultados, a menudo obtenidos con metodología científica, sino en las conclusiones que se extraen acerca del funcionamiento actual del saber y la cultura: “los niños ya no leen”, “la escuela no puede competir con la televisión, que ha pasado a ser la formadora de las nuevas generaciones”, “la discontinuidad del zapping televisivo y el ritmo vertiginoso de los videoclips disminuye la concentración de los alumnos”.

En estas vacaciones obligadas de la epidemia, casi inmediatas a los 15 días de interrupción habitual de clases en Semana Santa, no sólo se desesperaron los padres porque no podían faltar al trabajo y no querían dejar a sus hijos solos. Al preguntarse qué inventar para sacarlos del aburrimiento que les inflingían cinco o siete horas de televisión diaria, interrumpida en muchos hogares por la consulta de noticias en la computadora, videos en YouTube y chateos, al fin también tediosos, aparecieron como indispensables los paseos, el encuentro físico –no sólo digital- con amigos, tareas compartidas en la casa y el valor de la escuela, de su tiempo productivo y su sociabilidad complementaria.

La epidemia y su reclusión doméstica hicieron pensar que quizá el problema es menos la competencia entre medios y escuela que las dificultades de la escuela como institución (y de un alto porcentaje de maestros y funcionarios) para aprender de los medios y saber usarlos. La educación saltó de la cultura letrada, como la única Cultura, al arribo súbito de computadoras, despreciando durante décadas como amenaza al cine y la televisión. Si se hubieran incorporado a la currícula esos medios, hoy sería más fácil comprender cómo integran los jóvenes lo escrito, lo audiovisual y lo digital.

Entre los planes de emergencia para epidemias (o sismos, o cualquier interrupción escolar) tendría que haber programas para que cada maestro pudiera comunicarse digitalmente con sus 20 o 40 alumnos, explicarles los acontecimientos perturbadores en relación con lo que vienen estudiando en biología, ciencias sociales, historia y globalización, y proponerles tareas de investigación en la red. ¿Cuántos maestros de primaria y secundaria tienen los correos electrónicos de sus estudiantes? Se dirá que la mayoría de los hogares de México carecen de computadora e Internet en sus casas. Quizá esto sea cierto respecto de los alumnos de escuelas públicas, pero no en las privadas. Además, la Encuesta Nacional de Juventud de 2005 muestra que, si bien sólo 32% de los varones y 34, 7% de las mujeres de México, entre 12 y 29 años, poseían computadora, decían manejarla 74%. Los cibercafés, las escuelas y la relación con amigos hacen que el acceso sea menos desigual que el equipamiento tecnológico de los hogares.

¿No podríamos disfrutar una relación fluida entre maestros y estudiantes a través de la red, y no sólo en periodos de emergencia, si existieran más ciberbibliotecas y cibercafés gratuitos en todos los barrios, en todo el país, de manera que –además de la indispensable enseñanza presencial- los maestros tuvieran con sus alumnos vínculos digitales semejantes a los que los alumnos tienen entre ellos? Por supuesto, no vamos a resolver la falta de computadora en la casa, durante una epidemia, amontonando alumnos en ciberbibliotecas; también serían necesarios planes para proveer a cada hogar, con bajos precios, como ya es técnica y económicamente viable, computadoras e Internet como artículos de primera necesidad.

3. ¿Para qué sirven la radio, la televisión e Internet? Fue innegable el valor de estos tres medios para transmitir rápido y masivamente información, enseñar prevenciones y aprender a comportarnos ante una enfermedad que desconocíamos. Internet sirvió para comunicar a quienes no podían verse, o con amigos alarmados de otras ciudades y países. También permitió –al estar menos controlado que la radio y la televisión- que circulara información alternativa, donde se combinan, como siempre, datos valiosos, interpretaciones no convencionales, y delirios conspirativos, ideológicos o esotéricos que niegan la epidemia y atribuyen su impacto a manipulación gubernamental o de empresas y laboratorios.

La monotonía de la información oficial y la oficiosa de los medios, la repentina desaparición de otros temas de la agenda nacional e internacional (el narcotráfico produjo, en las mismas semanas, más muertes que la epidemia) exigen repensar el papel de los medios audiovisuales y electrónicos. También las dificultades para manejar de modo razonado y matizado las nuevas discriminaciones que ocurrieron con los mexicanos en el extranjero y entre mexicanos en México: hay muchas posibilidades de pensar y actuar entre el nacionalismo y la xenofobia. Así como la escuela se quedó paralizada ante la epidemia, los medios exhibieron su escasa imaginación habitual, usos escandalosos del dolor o de emociones que requieren una discreción e inteligencia que, comprobamos, una vez más, “la autorregulación del mercado” no garantiza.

La televisión se volvió más monotemática, (salvo los “canales culturales”, 11, 22 y la televisión universitaria), justo en las semanas en que públicos con hábitos diversos –algunos más letrados, otros más audiovisuales, con distintos gustos melodramáticos o épicos- contaban preferentemente con ella no sólo para informarse sobre el Gran Tema sino porque deseaban una oferta más variada para entretenerse. Encontramos en las pantallas muchas caras que no suelen verse: médicos para responder preguntas y economistas para ir preparándonos sobre el derrumbe del PIB, del turismo y la pérdida de millones de empleos. ¿No podría haber también, como sugirió Raúl Trejo, periodismo de investigación a cargo de antropólogos y sociólogos que han aprendido el lenguaje de los medios y no tienen que improvisar, como muchos periodistas, en los temas de actualidad? ¿O un “noticiero para niños”, según la propuesta de Rossana Reguillo en su blog, que no subestime su inteligencia? ¿O acuerdos con las distribuidoras y exhibidoras de cine para proyectar en la pantalla chica “películas programadas para esta semana en las salas”, con participación de críticos, directores, actores y actrices de primer nivel, seguramente dispuestos a colaborar para que se renueve la programación televisiva?

Nunca fue cierto que los consumidores fueran pasivos o prisioneros de pulsiones irracionales. Menos pertinente es esta visión prejuiciosa cuando los intercambios multidireccionales en red están desplazando los estudios desde el consumo hacia el acceso y multiplicando vías alternativas de comunicación. ¿Cómo seguir aceptando el dúopolio de los medios –dos empresas que actúan en espejo-, donde sólo admiten simulaciones dirigidas de participación, y casi ningún debate de fondo sobre la sociedad en que queremos vivir?

La abstinencia de consumo cultural en lugares públicos está demostrando que los cines aún son deseados por muchos espectadores, que la televisión como sustituto de la escuela es insuficiente y después de unas horas aburre, que Internet amplía el saber y el entretenimiento pero no nos alcanza para la sociabilidad. La cultura a domicilio es un avance histórico, pero seguimos necesitando la ciudad, no sólo como espectáculo para el consumo, como lugar de trabajo y viajes fatigantes; también porque, como decía el poeta Luis García Montero, cada persona encuentra ahí “un paisaje urbanizado de sus sentimientos”.

Profesor-investigador en la UAM Iztapalapa, Néstor García Canclini es coordinador del Consejo Consultivo de la AMEDI.

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Moda… por una semana

Verónica León Hernández

El miércoles 28  de abril todo México se vio inmerso en un ambiente  de duda, miedo y desconfianza. Se transmitieron diversos comunicados con respecto a una nueva mutación del virus de influenza. Se desató una serie de cometarios acerca de la llamada “influenza porcina” que después se cambió por “humana”   debido más que nada a la baja demanda de los productos derivados del puerco.

Por el temor a adquirir la enfermedad y dada  la necesidad de evitar contagios, se suspendieron clases, cancelaron eventos culturales y deportivos y por supuesto se transmitieron una y otra vez las medidas necesarias para evitar el contagio, ya que no se sabía que variaciones tendría el virus, aunado al reporte de muertes a causa de la enfermedad  por no haberla atendido a tiempo. Las medidas que debían tomarse eran: lavarse las manos continuamente, no saludar de mano o de beso, (cabe mencionar que cambió la manera de saludar que habitualmente tenemos los mexicanos, era raro, ya que nuestra costumbre siempre ha sido tener contacto con nuestros familiares, amigos, conocidos o compañeros de trabajo),  y el uso del cubre bocas.

El cubre bocas evitaba, mencionaban las autoridades que representan las instituciones de salud,  que de alguna manera llegaran virus directamente. Pero el énfasis era la recomendación de que en caso de que alguna persona estuviera enferma, fuera a algún centro de salud, con el fin de saber si tenía o no la enfermedad, y atenderla a tiempo.

Regresando al tema, el  uso de esta medida de cuidado, tanto personal como comunitario, se volvió obligatorio. En los transportes públicos mínimo el 90% de los pasajeros contaban con el suyo. Pasaron menos de 24 horas y se agotaron en toda la ciudad (y tal vez el país). La diversidad de modelos salió a las calles, ya sea con sonrisas pintadas o de diversos colores, incluso multicolores paliacates cubrían el rostro mexicano con la esperanza de no contraer la ahora famosa enfermedad.

A una semana y media, de todos los ciudadanos que cumplieron con cuidarse a ellos mismos y a su entorno, un gran número de habitantes dejaron de cubrir su rostro, se dejó de lado el cubre bocas, aproximadamente 5 ó 10 por ciento de ellos seguían saliendo a las calles con él. En las calles se seguían regalando, algunas estaciones del metro citadino los proporcinaban, además de repartir gel antibacterial o sanitizante, insistían en el uso del mismo. Pero aun así la ciudad regresaba a su normalidad, o por lo menos las calles se veían “descubiertas”.

Por fin se pasó al verde en cuanto a la alerta epidemiológica, pero la moda de cubrir el rostro, por sanidad ya había quedado atrás hacía varios días.

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Influenza porcina y medios

Gabriel Sosa Plata

Columna radiofónica “Telecom y Medios”

Noticiario “Pulso de la Mañana”, Radio Educación, 1 de mayo 2009

Tiene razón Ernesto Piedras al afirmar que la epidemia de influenza porcina tiene la característica de ser el primero de los fenómenos de salud pública en la era de la llamada sociedad de la información. Por lo mismo, esta emergencia se convertirá en un interesante objeto de estudio que será analizado desde diferentes disciplinas.

En cuanto al comportamiento de los medios, es prematuro tener una evaluación seria. Pero desde ahora y con los riesgos que esto implica, aventuro algunos planteamientos muy generales.

Uno de ellos es que, en general, la radio y la televisión se convirtieron en ecos fieles y acríticos de las fuentes oficiales. La reiteración de las medidas preventivas y de los datos confusos proporcionados particularmente por las autoridades sanitarias del gobierno federal y del gobierno del Distrito Federal, fue la norma. ¿Qué más allá de eso? Muy poco. Salvo algunas excepciones, los medios han reflejado muchas de sus debilidades: ausencia de investigación, editorialización, en ocasiones excesiva, ignorancia y por supuesto desinformación sobre un tema que los tomó, como a muchos, desprevenidos. Los medios han sido funcionales a las políticas de comunicación del gobierno calderonista en esta nueva tragedia nacional.

Un segundo elemento, obvio a simple vista, pero no tanto como se escuchará a continuación, es que la radio y la televisión abiertas han saturado a las audiencias con información sobre la epidemia. Y era lógico que sucediera así por tratarse de un hecho trascendental de salud pública. Muchas personas se sensibilizaron del tema, cumplieron las recomendaciones y no han dejado de informarse. Quizás ello podrá bajar los contagios. Pero mucha gente sigue sin creer lo que se dice en los medios, sobre todo en cuanto a estadísticas de las personas que han muerto o que han sido contagiadas por el virus. Por supuesto, esto no es un problema sólo atribuible a los medios sino también de la desconfianza que se le tiene a su principal fuente: el gobierno.

Ayer, por ejemplo, el periódico Reforma publicó los resultados de una encuesta aplicada en el Distrito Federal. A la pregunta sobre las cifras que han dado a conocer las autoridades sobre el número de personas contagiadas o fallecidas a causa de la influenza porcina, un 57 por ciento opina que se quedan cortas con la realidad.

Por eso es que, en la era de información, los todavía pocos privilegiados que tenemos acceso a Internet en este país recurrimos a esta tecnología, para encontrar más respuestas a nuestras preguntas. Alejandro Romero, publicó ayer en El Universal, un interesante texto sobre el tema. Afirma que cuando uno buscaba influenza en Google el 28 de abril, encontraba 117 millones de páginas y más de 27 mil noticias publicadas. Esta misma búsqueda el día 29 ofrecía ya 281 millones de resultados y más de 100 mil noticias. Cuando alguien buscaba gripe porcina, un término relativamente nuevo surgido a raíz de esta epidemia, el día 28 se encontraban 658 mil páginas y el 29, un millón 820 mil.

Pero esta saturación no necesariamente implica estar mejor informados. En Internet lo mismo hay fuentes confiables como desconfiables, investigaciones serias así como charlatanería. Ayer Felipe León, comentarista de este noticiario, ironizaba sobre las diversas teorías que pululan en correos electrónicos, blogs y sitios en internet sobre el virus y su contagio. Aunque algunas de estas teorías parecen absurdas, hay quienes les atribuyen mayor confiabilidad que la que se le tiene a muchos de nuestros gobernantes.

Un tercer elemento a considerar es que se demuestra una vez más que Internet, pese a lo que hemos dicho, es también un punto fundamental de encuentro de amigos, familiares y colegas para conversar sobre temas como el que nos ocupa y exponer una opinión sin necesidad de la ahora casi prohibitiva comunicación cara a cara. Las llamadas redes sociales como Facebook y Hi5 son herramientas que lo mismo son utilizadas para informarse que para recibir apoyo, consuelo y hasta ayuda psicológica por el miedo y el pánico generados ante la saturación mediática sobre la enfermedad o bien para manifestar su enojo o preocupación sobre las acciones tomadas por el gobierno ante la epidemia. El citado Alejandro Romero explica ayer que, por ejemplo, en Facebook ya hay más de 500 grupos creados en torno a la Influenza y exclusivos sobre gripe porcina.

En términos laborales, también la red ha sido puesta a prueba para el trabajo a distancia en esta etapa de emergencia. Programas como Skype, Twitter y Messenger han tenido un uso intensivo para no dejar de ser, como dicen las empresas, productivos pese a la circunstancia que atraviesa nuestro país.

Hay muchos otros elementos a considerar, pero el tiempo se nos termina. Sólo quiero agregar que la Asociación Mexicana de Derecho a la Información, que ahora preside el doctor Raúl Trejo Delarbre y de la cual formo parte, ha abierto un blog para discutir el desempeño de los medios de comunicación en estos días difíciles, así como para intercambiar información, inquietudes y experiencias acerca de este tema. El blog se encuentra en la siguiente dirección: https://mediosantelainfluenza.wordpress.com/

Invito a quienes nos escuchan a participar en este blog, añadiendo comentarios a los textos incorporados. Y quienes quieran colocar una nueva entrada, pueden enviar su texto al correo blogamedi@gmail.com. Aprovechemos Internet para analizar un tema que salvo algunas excepciones, como Radio Educación, es prácticamente ignorado en los medios electrónicos.

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La influenza positiva (y negativa) de los medios

G. Georgina Sosa Hernández.

Al comienzo de la expansión de este nuevo virus,  me parece que los medios actuaron con pertinencia: difundieron la información de inmediato y se hicieron eco de las indicaciones de las autoridades, con lo cual hicieron notar la gravedad de esta circunstancia particular. En cuanto a lo primero, difundieron con precisión las medidas preventivas para evitar la propagación del virus; además, hicieron programas con especialistas (médicos, infectólogos) a fin de orientar con mayor claridad de la afectación posible a la que nos enfrentábamos.

No obstante, lo que comenzó siendo un papel apropiado de los medios ante la confusión (o ignorancia) de la población, se ha ido tornando en una estrategia comunicativa de competencia entre medios que, de principio, no es incorrecta. El problema a mi parecer surge cuando los medios pasan de ser coadyuvantes de la situación de emergencia sanitaria, mediante la difusión señalada, a protagonistas utilitarios de la coyuntura; cuando minimizan el seguimiento puntual de los hechos para explotar todos los ángulos dramáticos de la noticia: las historias de los infectados que salvaron la vida, las condiciones paupérrimas en las que viven aquellos cercanos a los criaderos de puercos, el constante uso de la palabra “pandemia” en cada corte noticioso sin explicar sus reales implicaciones para el país (lo que genera crecientes expectativas negativas acerca del futuro de la situación), son -quizás- los más destacados.

Cabe mencionar la utilidad de Internet en estos momentos de aislamiento forzado (especie de “arraigo domiciliario” voluntario), ya que nos ofrece una ventana de información, sí, pero también un espacio de intercambio y socialización seguro, que ha impedido que ese aislamiento físico se transforme en una reclusión insoportable.

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Eficacia mediática

Raúl Trejo Delarbre

Texto publicado en eje central

¿Qué debieron haber hecho los medios de comunicación ante la emergencia sanitaria? Para responder a esta pregunta sin voluntariosas ideologizaciones es preciso recordar que los medios, antes que nada, tendrían que ser instrumentos de servicio público. Son canales de mediación entre el Estado y la sociedad y, desde luego, entre los variados segmentos que conforman a esa sociedad. Son además espacios de información, entretenimiento, a veces de educación, etcétera. Pero todo ello se supedita a esa función primordial de servicio público.

Así que, en aras de tal servicio, ¿qué deberían haber pretendido los medios de comunicación? La respuesta no es difícil. Si nos encontrábamos ante una epidemia de alcances desconocidos e inicialmente delante de un virus que era –y en alguna manera sigue siendo– también impredecible, la prioridad de los medios era comunicar a la población las dimensiones mayúsculas del problema. De la misma manera, tenían que informar –e instruir– acerca de las medidas que la gente debe tomar para prevenir el contagio.

Esos deberes, los medios los han cumplido de manera notablemente organizada. A una semana de que comenzó la emergencia se puede asegurar que los mexicanos nos enteramos con rapidez de la epidemia. En pocos días la cultura de la protección sanitaria, desde luego acicateada por el miedo, ha permitido que nos resguardemos y ya todos conocemos los síntomas que hacen necesario acudir de inmediato a los servicios de salud.

La manera como distintos medios han presentado las informaciones acerca de la epidemia indican estilos, sesgos y enfoques varios. Pero en términos generales, sería mezquino regatearles a la televisión, a la radio y a la prensa, el papel de comunicación que han cumplido con eficacia. Algunos han exagerado más que otros pero, en ese panorama general, las descripciones altisonantes, la tentación del estruendo y las imágenes lastimeras quedaron en segundo plano. Las explicaciones a cargo de médicos especializados en epidemias han acaparado los segmentos dedicados a ese tema. Tanto en noticieros como en espacios habilitados de manera extraordinaria, las televisoras y radiodifusoras han sido puentes entre los expertos y el resto de la sociedad.

La información acerca del desarrollo de la epidemia ha resultado, esa sí, errática y confusa. Las contradicciones en los datos que comenzó a ofrecer hace varios días el secretario de Salud, así como los vacíos que se mantienen en algunos temas relacionados con los efectos del virus porcino, han desconcertado a no pocos ciudadanos. Los medios, al repetir esa información y sobre todo al prescindir del escaso contexto que le daban las autoridades, contribuyeron a esa confusión.

Pero esos tropiezos han sido parte de un aprendizaje colectivo. El secretario José Ángel Córdova ofrecía algunos días datos de enfermos y defunciones fehacientemente causados por el virus y, en otras ocasiones, se refería a casos aún no comprobados. Por lo demás, ese funcionario ha exhibido una paciencia extraordinaria, requerido día y noche no sólo por los medios sino por otras obligaciones.

El gobierno ha difundido la información a su alcance, desde que la tarde del jueves 23 entendió la gravedad de la epidemia. Puede discutirse si ese reconocimiento lo hizo a tiempo, o no. Pero en cuanto así fue, aunque tuviera que suceder casi a media noche, se anunció la suspensión de clases en la ciudad de México.

Los medios han permitido entender –hasta donde es científicamente posible– la situación de la epidemia y en ellos los ciudadanos han aprendido cómo cuidarse. Ese diagnóstico no les gustará a quienes consideran que el análisis crítico de los medios debe estancarse en la denostación permanente. Tampoco les agradará a quienes creen por principio que este gobierno es incapaz de cumplir con sus obligaciones.

Los medios de comunicación, siempre en una apreciación general, han eludido también la seducción del rumor y la especulación. En los días recientes han circulado por Internet versiones disparatadas, que nunca faltan pero que ante la emergencia epidemiológica resultan más irresponsables que de costumbre. Si alguien quiere creer que el virus H1N1 fue propagado intencionalmente para que dejáramos de prestar atención a la aprobación de algunas leyes en el Congreso (¡como si a la sociedad le interesara tanto lo que hacen los legisladores!), o para que hagan negocio las empresas farmacéuticas, o como resultado de una aviesa conspiración de Obama, Sarkozy y Calderón para atajar la crisis de la economía mundial (¡como si a Wall Street le sirviera de algo el cierre de restaurantes, el quebranto del turismo y el miedo en la ciudad de México!)  ese es asunto de cada quien. Pero si a causa de esas versiones inverosímiles hay quienes consideran que las medidas de prevención son innecesarias, entonces los rumores habrían tenido un efecto potencialmente criminal. Los medios de comunicación no han contemporizado con esa desinformación.

Eso no significa que todo lo hayan hecho bien. Les ha faltado iniciativa, sobre todo para hacer periodismo de investigación aunque ese es un problema permanente de los medios en México. Los conductores han tenido que improvisarse, no siempre exitosamente, como conocedores aunque sea superficiales de epidemias y providencias sanitarias.

La interlocución que entablan con sus audiencias es solamente excepcional y transcurrida la emergencia, la mayor parte de los medios volverá a la unilateralidad de siempre. En esta experiencia todos los medios, pero especialmente los de índole no comercial, podrían encontrar un rumbo que hasta ahora ha sido infrecuente. Los espacios radiofónicos del IMER, los programas especiales de Canal 11, las mesas redondas de TV y Radio UNAM, han sido oportunidades para hacer una comunicación de servicio público.

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El catarrito, la pulmonía y la influenza

Trópicos Subterráneos

El catarrito, la pulmonía y la influenza

Nino Gallegos

¿Es posible-imposible que con la crisis económica del catarrito con la pulmonía se haya desencadenado la influenza que es la gripe porcina de los puercos de las secretarías de Salud, Trabajo, Hacienda y Economía? Carsten no ha dicho esta trompa es mía, deshojando margaritas para echarlas al trochil de los marranos. Marranadas, dijo aquel cerdo disfrazado de zorro. Cuando no se tiene qué fabular hay que histerizar-paniquear la realidad para prevenirla de cualquier virus que provenga fáctica y mediáticamente de la virología mexicana. Aunque se lea y se sienta una total irresponsabilidad de mi parte al escribir sobre la influenza del virus porcino, no le deseo a nadie que la padezca, pero la manera tan tardía para anunciar –casi por decreto- la urgencia y la emergencia de la influenza porcina con las prevenciones del caso sanitario público y nacional, no deja más que una sensación aeróbica de que el virus está en el aire, en el aire que inhalamos y exhalamos, pero resulta que está en los besos que nos prodigamos y en las manos con que nos saludamos. Ante tales medidas sanitarias y médicas, se pasó del pánico mediático a asumir el debido trabajo de evitar la propagación epidemiológica del virus, porque no es lo mismo un brote en algunos individuos que una epidemia colectiva social. Lo cierto es que algunos medios electrónicos con los impresos han hecho del brote sanitario una especie de virulencia fáctica y mediática con el tratamiento de impactar y no de científica y médicamente informar, sobre todo, cuando el tema es un problema gestacional de seriedad y gravedad para una adecuado trato a nivel de comunicación social. Es de creerse que sus intenciones han sido buenas en los momentos de abordar el tema y el problema con la falta del rigor científico médico que va de la sensatez de la información médica al impresionismo gráfico visual de las cifras estadísticas al tratamiento en que todos podemos enfermar más allá del imaginario colectivo. De la cepa porcina, lo demasiado o lo poco que se sepa de esta nueva influenza, los mexicanos somos vulnerables a todo que, blindados con 47 mil millones de dólares para la crisis económica con otro préstamo de 205 millones para la crisis sanitaria, no hay de todos modos la vacuna antiviral con la que se combata a la cochina de la cepa porcina. Sirva, la influenza porcina en lo humano, y en el caso mexicano, para que nos demos cuenta de lo que somos capaces en cuanto a nuestras conductas y a nuestros actos en lo higiénico ambiental, así como de nuestros procederes sociales en relación con la ética profesional de la ciencia médica, de las farmacéuticas y de las políticas públicas de las secretarías de Salud, Hacienda, Economía y Trabajo con el Presidente y el Ciudadano mexicano, tan expuestos todos con todos que ojalá no se politice la salud pública con el cochinero de las campañas políticas y el venidero proceso electoral del 5 de julio. No es que uno desconfíe de las evidencias, acaso de las secretarías de Estado tan dadas a la manipulación y a la simulación, porque no sería ética y médicamente humano que al ciudadano se le exponga a una serie de especulaciones cuando las mutaciones del virus de la influenza porcina es ya una realidad de boca en boca y de mano en mano. Los mexicanos, cuando queremos ser iguales y solidarios nos potenciamos ante la desgracia y la tragedia nacionales, y esta vez podemos cuidarnos sin el apapacho paliativo de esa supuesta y presunta igualdad y solidaridad que el gobierno federal pueda magnificar victoriosamente a nombre del pueblo mexicano. Lo que no se quiere es que siga habiendo víctimas mortales, pero tampoco héroes institucionales u oficialistas, porque en el cerco y en el combate a la influenza porcina no se trata de quién es más trompudo y quién come más mierda. Si no se ha podido ganar la guerra contra el narcotráfico y nada más paliar la crisis económica, que se evidencie con la responsabilidad gubernamental y ciudadana, con la transparencia y la credibilidad, que el brote de la influenza porcina no se generalice en una pandemia de lamentables efectos y consecuencias mortales. No se trata del Sí se puede o el Sí se pudo propagandísticos políticos a la hora de triunfalismos arrogantes e insensatos. La vulnerabilidad del mexicano está a flor de labios y en las palmas de las manos, porque ni está blindado y tiende a lo fallido, expuesto y desprotegido, sujeto siempre a los vaivenes de los tiempos políticos, a las crisis recurrentes, a los escándalos de todo tipo y de todos los tipos cínicos políticos, artísticos y deportivos, a la sensibilización melodramáticas de telenovelas pordioseras, a la estupidización de las carcajadas, a la vana glorificación del mínimo esfuerzo competitivo y televisivo, y a la frustración de los ruinosos disfraces con que nos andamos vestidos con esa identidad de que todo lo podemos y lo soportamos porque ya todo lo sentíamos perdido ante la fatalidad que está pasando –mutantemente- de la virtualidad a la vida real. Siempre se ha dicho que con la salud no se juega, esperando que los políticos como funcionarios públicos y los medios electrónicos e impresos como informativos, no le hagan al juego con el virus porcino, porque el proceso epidemiológico de la enfermedad a la muerte no puede ser y hacerse manipulable como lo han sido los procesos electorales, a reserva de que aún hay que ver hasta dónde la eficiencia dizque oportuna de los políticos con los médicos va por reducir o por aumentar la escala del Uno al Seis con el brote de la epidemia o de la pandemia en la influenza porcina, siempre y cuando los trompudos de Calderón, Ebrard y Nieto no hagan del 2009 un protagónico de los tres partidos y pueda terminar siendo y haciéndose el agónico de lo social. El catarrito, la pulmonía y la influenza, quiérase o no, son la espectralización de un Estado que puede fallar o puede acertar con la conducción de una política pública económica, social y sanitaria que cumpla responsablemente por lo que no le ha cumplido al ciudadano colectivo, aunque el deseo hubiese sido mejor en la ilusión de lo confiable y en la realización de lo mostrable no en una emergencia y sí en una consecuencia cotidiana de los compromisos cotidianos en un país sin sombras, sin incertidumbres y sin inseguridades. Por ahora y lo que está por venir, esperando no sea lo peor venir, las medidas de prevención están en esa escala de la OMS, así como en la escala de valores que los mexicanos poca y despreciativamente tomamos en cuenta para la vivencia y la convivencia: ser responsables con nuestros actos de higiene privada para no enfermarnos y no enfermar a los otros de la higiene pública. Todos somos públicos, y esta vez hay que ser cuidadosamente privados para no privar de la vida a la salud humana de un país que necesita más de una luz clara que de una sombra oscura. Lo que está sucediendo y lo que habrá de suceder en los próximos días, depende(rá) de la manera en que los políticos, los médicos y los medios informativos transmitan los mensajes que involucren los dispositivos óptimos en el uso de la disciplina y la seguridad colectiva nacional, tanto en los intencional como en lo gestacional, para así ser parte de una respuesta satisfactoria en la higiene y en la salud pública de los mexicanos, no tratándonos con la infantilización de lo manipulable en lo que debe ser y hacerse una responsabilidad individual, familiar y social. El derecho a la salud es el deber de todos. Sí con el cubre bocas pero no con el tapa bocas. Que se diga lo que tenga decir pero no con la verdad mentida. Que la transparencia no sea tapadera de la simulada credibilidad de la prevención sanitaria. Que trabajen los científicos médicos y que dejen de hablar los políticos porque también contaminan. Quizás sea en la relación y en la comunicación social y humana donde debemos reconocernos como los ciudadanos que debemos responder a nuestros propios actos y hechos aun antes, durante y después de la emergencia en que nos encontramos todos porque no somos objetos lejanos recién descubiertos en el universo, sino sujetos vulnerables al contagio de la alegría como al contagio de los virus, porque somos terrenales, animales, y, mortales.

Si el hombre es el lobo del hombre, entonces, ¿qué es el hombre del puerco, una cepa, un virus, una influenza?

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Dramatización mediática

Dramatización mediática: el “resident evil” de nuestra epidemia.

¿Cuántas veces ha sobrevivido usted a una pandemia? Seguramente más de las que se imagina. En efecto, todos los días miles de enfermedades recorren el mundo y pasan desapercibidas, ¿qué cambió ahora? Que tenemos la atención del mundo.

Más allá de las diferentes “teorías de la conspiración” , tenemos hechos simple: la gente hace compras de pánico, las noticias se actualizan cada 10 minutos y los ojos del mundo están sobre un virus “nuevo e incurable”, como habrá dicho nuestro presidente. Pero mientras tanto, ¿qué más pasa en el país? ¿dónde está la información de los demás sectores?

La responsabilidad en la información, como siempre, se ha dejado de

lado: es como uno de esos casos donde intentan asesinar a alguien y el amable reportero da a los asesinos la cama, el hospital y la dirección del pobre infortunado. Así está la situación: nuestro país ha sido balaceado por un virus y rematado por los medios.

Generemos espacios de información objetiva: se tiene un dato y se escupe sin pensarlo dos veces, simplemente pensemos en las víctimas mortales de la influenza en el país ¿cuántas se dijo que era en un principio?¿cuántas personas se habrán puesto paranoicas de escuchar esta cifra? Y ahora, ¿cuántas muertes confirmadas por el virus son?

Las ganas de acaparar la atención y la comercialización de los fenómenos, son parte de la vida en este planeta, sin pensar en las consecuencias. Tristemente, las masas siguen siendo masas y a los que estamos detrás de la información que se genera no hacemos nada para remediarlo.

Donají Ledesma

38 80 3348

dledesma@arteyparte.omnilife.com

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La influenza y nosotros. Un texto de José Woldenberg

José Woldenberg hace en Reforma de hoy jueves un diagnóstico de las reacciones de los comentaristas. Si la prensa es espejo del alma (de la sociedad) en ese inventario encontraremos síntomas y dolencias de una opinión pública (y no solamente publicada) que traslada sus ansias, prejuicios e intereses al tema que a todos nos inquieta en estos días. Este es el artículo de Woldenberg.

Junto al brote epidémico de la influenza porcina podemos observar un espectáculo: el de nosotros, los comentaristas. Dado que no existe acontecimiento relevante que no sea acompañado de una estela de apostillas, análisis y comentarios, seguir estos últimos es como observar las sombras que proyectan las figuras o los ruidos de los motores en una carrera de autos. Se trata del acompañamiento que modela y modula el ambiente “cultural e intelectual” del momento, del aura de opinión que rodea a la sociedad, del sentido común impreso. No resulta anodino y deja su impronta en las muy diversas lecturas que las personas hacen de los sucesos. Por mi parte, ofrezco una tipología lírica, subjetiva e inacabada de nosotros, los opinadores, ante la crisis de salud. (No se trata de categorías excluyentes. Una sola persona puede ser ubicada en dos o más casilleros. Y además, cualquiera puede contribuir con nuevos y más decantados tipos).

El experto exprés. De inmediato, luego de dos o tres consultas (telefónicas o bibliográficas), el lego se transforma en una autoridad en el tema. Cuatro o cinco ideas tejidas de manera armónica, más seguridad, más contundencia al enunciarlas, crean un perito en la materia. El nuevo especialista explica, analiza, pontifica. Maneja ese conocimiento (superficial) con soltura y durante los días que corren será un consumado epidemiólogo.

El escéptico. Cada dicho de las autoridades, cada medida tomada, cada cifra sobre la epidemia, le parecen sospechosas. Y a él nadie lo puede engañar. Años en el oficio lo han convertido en un desconfiado contumaz. Sabe o intuye que nada es como parece; que detrás del tono seco del secretario se esconde un secreto que es necesario develar y que los datos deben estar trucados por una estrategia “comunicacional” o por simple inercia. Para él, la suspicacia es sinónimo de inteligencia y si la segunda se encuentra un poco maltrecha, la primera se mantiene incólume.

El sagaz opositor. De inmediato descubrió la lentitud de la respuesta de los gobiernos, la excesiva o la poca información que ofrecen, las contradicciones en sus dichos y decisiones, las pretensiones de utilizar la crisis para fortalecer su imagen. En una palabra, a él no sólo no lo engañan, sino que ya se apresta a desenmascarar -como en la lucha libre- la torpeza, corrupción e incompetencia de los encargados de tutelar nuestra salud. No existe terreno en el que no se deba dar la batalla y ahora el campo es el de la epidemia y la negligencia criminal.

El tira netas. No es un experto ni pretende serlo. Pero, eso sí, sabe todas las medidas que usted debe tomar. Hay que lavarse las manos 26.7 veces al día, no salir a la calle sin tapabocas, no dar la mano y mucho menos un beso, abrir las ventanas del hogar, y a los menores síntomas correr al hospital o la clínica más cercanos. Por el momento es un cruzado de la causa buena, y nada ni nadie lo podrán distraer de su misión. Ha llegado el momento en que cada uno debe contribuir con su granito de arena y él carga un pequeño costalito que trajo de Acapulco.

El acólito de la autoridad. Hay quien los confunde con el anterior, pero éstos son los que no se apartan ni un grado de las indicaciones oficiales. Repiten, subrayan, glosan, insisten. Piensan que su tarea es la de coadyuvar con los gobiernos y se transforma en un eco consistente e insistente de los mismos. En la guerra contra el virus se asumen como soldados a las órdenes de la superioridad. Su disciplina es única e inconmovible y lo demás es lo de menos.

El pescador monotemático. Por supuesto que hay comentaristas especializados, aquellos que “lo saben todo” sobre un tema. Y no pueden ni quieren desaprovechar la ocasión. Ya han aparecido los primeros aportes: “la epidemia y el turismo”, “la influenza y el futbol”, “la enfermedad y las elecciones”, “la salud y la novela”. Recuerdan aquel viejo chiste de los fenicios que no estoy de humor para repetir. Se trata de un resorte bien aceitado y que consiste en llevar cualquier tema al terreno conocido. En el no tan remoto pasado inmediato sus temas eran: “el narco y el turismo”, “la violencia y el futbol”, “la droga y las elecciones”, “las bandas delincuenciales y la novela”.

El erudito. Los hay en las más diferentes versiones. El que es capaz de recordar todas y cada una de las epidemias que precedieron al actual brote; el que puede citar a los autores que han tratado con la enfermedad y sus derivaciones; el que nos ofrece una historia panorámica del origen, desarrollo y estado actual de las vacunas en todo el orbe. Saben que saben y es el momento para que los demás se den cuenta de ello.

Son voces expresivas, elocuentes, y en conjunto producen una melodía desafinada pero penetrante, estridente e inescapable. Hablan del brote epidémico sin duda, pero también de los comentaristas, de cómo se ven a sí mismos y de cómo quieren ser vistos por los demás. Y ello, a querer o no, tiene su gracia.

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Google y la influenza

Google ha diseñado un modelo para comparar las búsquedas mexicanas acerca de la influenza. Creado a semejanza de un esquema que ya existía acerca de las búsquedas sobre ese tema en Estados Unidos, el Flu Trends para México, que se advierte es experimental, muestra cómo se desarrollaron las preocupaciones de los usuarios mexicanos de la Red acerca de la influenza. Las búsquedas más numerosas suelen ser a comienzos del año pero este año fueron menores a los anteriores.

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¿Por qué sigue muriendo la gente en México?

(una parte de esta reflexión ha sido escrita para el diario catalán “El Periódico”, a petición de la periodista Catalina Gayá)
“¿Por qué sigue muriendo gente en México?” Es la pregunta con la que Pablo Ordaz abre el artículo que publica el día de hoy en El País. También, es la pregunta recurrente en las ruedas de prensa, venida de reporteros nacionales y extranjeros. Y yo me pregunto: ¿deveras los medios no saben o más bien se hacen? La respuesta es obvia: por la brecha de desigualdad global, reflejada en el empobrecimiento brutal de la mayor parte de las personas que habitamos este planeta. Esta brecha de desigualdad cuenta, entre una de sus características, que muchos, muchísimos países, no tienen los sistemas de salud y sanitarios suficientes -ni en condiciones óptimas- para enfrentar los efectos de una epidemia como la que ahora padecemos. Brecha de desigualdad provocada por el enriquecimiento obsceno de muy pocos. Por ello, pienso que es un problema que va más allá de un país o región, pues sus implicaciones -incluida la asunción de responsabilidades- son globales.  
Aquí una numeralia. De acuerdo con el Informe de Desarrollo Humano de la ONU de 1997, la población que subsiste con 1 dolar al día, se concentra en las siguientes regiones:
– Asia Meridional,515 millones de personas 
-Asia Oriental y Suoriental, y el Pacífico, 446 millones
– África, 219 millones
-Estados Arabes, 11 millones
En América Latina y el Caribe, 110 millones de personas viven con 2 dólares diarios. En Europa Oriental y en los países de Asia Central 120 millones de personas viven con 4 dólares al día.
En los países industrializados, la línea de pobreza está fijada en 14.4 dólares diarios por persona y su porcentaje de pobres no llega a los 15 puntos. 
Algunas cifras más nos ilustran la situación en la que viven los habitantes de los países pobres:
-120 millones carecen de agua potable
-842 millones de adultos son analfabetas
-766 millones no tienen acceso a servicios de salud
-507 millones cuentan con una esperanza de vida de sólo 40 años de edad
-158 millones de niños sufren algún grado de desnutrición
-110 millones en edad escolar no asisten a la escuela.
Por último, cito la definición de Desarrollo Humano en la que se basa la ONU: 
“Si el desarrollo humano consiste en ampliar las opciones, la pobreza significa una privación de las oportunidades y las opciones más básicas para el desarrollo humano. Una persona pobre no tiene la libertad de llevar una vida larga, saludable y creativa y se le niega el acceso a un nivel de vida digno, a la libertad, a la dignidad, al respeto propio y al respeto por los demás. Desde la perspectiva del desarrollo humano, la pobreza no sólo significa la falta de lo necesario para lograr el bienestar material”.
Vuelvo entonces a la pregunta que hacía inicialmente: ¿los medios son o se hacen? Si de verdad asumen su responsabilidad social, los medios deben dejar de buscar culpables con notas escandalosas, y motivar a que otros asuman la suya. En lugar de contribuir al cierre de fronteras, objetivas y simbólicas, llamando al aislamiento y al “sálvese quien pueda”, podrían apreciar esta experiencia como una oportunidad para beneficiar a la sociedad.
Salud,
Aimée Vega Montiel.

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Comunicación social y gubernamental

Nuestro colega Jorge Bravo, coordinador editorial de la AMEDI y editor de la revista Zócalo, propone el siguiente comentario.

Más allá de sus implicaciones meramente de salud pública, es un tema muy interesante que tiene que ver la comunicación política de un gobierno (en este caso el de Calderón y Ebrard), pero también a nivel internacional ante una situación de alerta o de contingencia. ¿Cuál ha sido y cómo se ha expresado la comunicación social y gubernamental estos días? ¿Cómo debió ser: cuáles han sido los aciertos y los errores, hasta el momento? ¿Cuál ha sido la cobertura mediática? ¿Cómo se han comportado los medios? ¿Cuál es la respuesta de la prensa internacional? ¿Qué han dicho otros actores políticos y sociales?

Por lo que ha ocurrido y por lo que todavía nos falta ver, escuchar y oir, considero que abrir un espacio para la discusión del tema es una gran idea, ante una situación tan delicada.

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En la emergencia, el papel de los medios

Los medios de comunicación han desempeñado funciones de servicio, la agenda de los asuntos públicos se ha concentrado en un solo e inevitable tema, en términos generales las tareas para enfrentar a la influenza han sido más relevantes que la confusión y la estridencia. Esas son algunas variables que sometemos a la discusión de los interesados en este tema.

Con este blog, la Asociación Mexicana de Derecho a la Información pretende abrir un espacio de encuentro y deliberación al menos durante los días más intensos de la emergencia que ahora enfrentamos. El desempeño de los medios pero también las maneras como los ciudadanos se apropian o no de sus contenidos, las experiencias de comunicación junto con o al margen de los medios de mayor difusión, las reacci0nes sociales en esta singular y para la mayoría agobiante coyuntura, forman parte de esta deliberación abierta.

Así que participen. Para dialogar en este espacio no hace falta cubrebocas 🙂

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