Comunicación ante la influenza

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Un blog de la Asociación Mexicana de Derecho a la Información

Preguntas culturales respondidas por la epidemia

Néstor García Canclini

Texto colocado el 5 de mayo de 2009

Un laboratorio de experimentación social y comunicacional: en esto se ha convertido México en las semanas en que la alarma gripal llevó a cerrar todas las escuelas y universidades, los cines, teatros y restaurantes, nos dejó sin museos ni espectáculos. La abstinencia cultural se extendió a todo del país, pero hai sido más larga donde comenzó, en la Ciudad de México. Sus efectos invitan a debatir algunos supuestos sobre las interacciones urbanas, la relación entre medios y escuela, las oportunidades y defecciones de los organismos públicos, la sociedad y las empresas de comunicación.

1. ¿Ocaso de las salas de cine? Coincidentemente con la expansión de la televisión en los hogares, durante los años sesenta y setenta se interpretó el cierre de salas como el fin de una época. La aparición de videocaseteras y videoclubes a partir de 1985 contribuyó al diagnostico fúnebre sobre las salas y su creciente desaparición parecía confirmarlo, aunque estudios más sutiles consideraban ya otras variables: la inseguridad en las grandes ciudades y una reorganización de los hábitos de consumo. Al irrumpir miles de multicines en el país a partir de 1995, comprobamos que el público regresaba parcialmente a salas más pequeñas y confortables, con mayor calidad de la proyección y del sonido que en la televisión casera. Las cifras de espectadores crecieron, pero el promedio de 160 millones de asistentes a salas que tenemos a partir de 2004 está lejos de los 450 millones que México registraba en 1960. Con la epidemia, el cierre de salas nos obligó a conformarnos con las películas que se podían rentar en los videocentros, comprar en puestos “piratas” y, para una minoría, descargar de la red. Se hizo evidente que en la “salida al cine” –como en el “comer afuera”- hay componentes de sociabilidad, experiencia urbana y gusto por la gran pantalla que aún sostienen su atractivo.

2. ¿La televisión está sustituyendo a la escuela? Innumerables trabajos de investigación contabilizan las horas que los niños y jóvenes pasan ante la televisión y las comparan con las que van a la escuela, encuestan a estudiantes para demostrar que saben más de Madonna, de Beckham o de los participantes en Gran Hermano que de Juárez y Madero o en qué siglos existieron la Revolución Francesa o el Imperio Romano.

El problema no reside tanto en estos resultados, a menudo obtenidos con metodología científica, sino en las conclusiones que se extraen acerca del funcionamiento actual del saber y la cultura: “los niños ya no leen”, “la escuela no puede competir con la televisión, que ha pasado a ser la formadora de las nuevas generaciones”, “la discontinuidad del zapping televisivo y el ritmo vertiginoso de los videoclips disminuye la concentración de los alumnos”.

En estas vacaciones obligadas de la epidemia, casi inmediatas a los 15 días de interrupción habitual de clases en Semana Santa, no sólo se desesperaron los padres porque no podían faltar al trabajo y no querían dejar a sus hijos solos. Al preguntarse qué inventar para sacarlos del aburrimiento que les inflingían cinco o siete horas de televisión diaria, interrumpida en muchos hogares por la consulta de noticias en la computadora, videos en YouTube y chateos, al fin también tediosos, aparecieron como indispensables los paseos, el encuentro físico –no sólo digital- con amigos, tareas compartidas en la casa y el valor de la escuela, de su tiempo productivo y su sociabilidad complementaria.

La epidemia y su reclusión doméstica hicieron pensar que quizá el problema es menos la competencia entre medios y escuela que las dificultades de la escuela como institución (y de un alto porcentaje de maestros y funcionarios) para aprender de los medios y saber usarlos. La educación saltó de la cultura letrada, como la única Cultura, al arribo súbito de computadoras, despreciando durante décadas como amenaza al cine y la televisión. Si se hubieran incorporado a la currícula esos medios, hoy sería más fácil comprender cómo integran los jóvenes lo escrito, lo audiovisual y lo digital.

Entre los planes de emergencia para epidemias (o sismos, o cualquier interrupción escolar) tendría que haber programas para que cada maestro pudiera comunicarse digitalmente con sus 20 o 40 alumnos, explicarles los acontecimientos perturbadores en relación con lo que vienen estudiando en biología, ciencias sociales, historia y globalización, y proponerles tareas de investigación en la red. ¿Cuántos maestros de primaria y secundaria tienen los correos electrónicos de sus estudiantes? Se dirá que la mayoría de los hogares de México carecen de computadora e Internet en sus casas. Quizá esto sea cierto respecto de los alumnos de escuelas públicas, pero no en las privadas. Además, la Encuesta Nacional de Juventud de 2005 muestra que, si bien sólo 32% de los varones y 34, 7% de las mujeres de México, entre 12 y 29 años, poseían computadora, decían manejarla 74%. Los cibercafés, las escuelas y la relación con amigos hacen que el acceso sea menos desigual que el equipamiento tecnológico de los hogares.

¿No podríamos disfrutar una relación fluida entre maestros y estudiantes a través de la red, y no sólo en periodos de emergencia, si existieran más ciberbibliotecas y cibercafés gratuitos en todos los barrios, en todo el país, de manera que –además de la indispensable enseñanza presencial- los maestros tuvieran con sus alumnos vínculos digitales semejantes a los que los alumnos tienen entre ellos? Por supuesto, no vamos a resolver la falta de computadora en la casa, durante una epidemia, amontonando alumnos en ciberbibliotecas; también serían necesarios planes para proveer a cada hogar, con bajos precios, como ya es técnica y económicamente viable, computadoras e Internet como artículos de primera necesidad.

3. ¿Para qué sirven la radio, la televisión e Internet? Fue innegable el valor de estos tres medios para transmitir rápido y masivamente información, enseñar prevenciones y aprender a comportarnos ante una enfermedad que desconocíamos. Internet sirvió para comunicar a quienes no podían verse, o con amigos alarmados de otras ciudades y países. También permitió –al estar menos controlado que la radio y la televisión- que circulara información alternativa, donde se combinan, como siempre, datos valiosos, interpretaciones no convencionales, y delirios conspirativos, ideológicos o esotéricos que niegan la epidemia y atribuyen su impacto a manipulación gubernamental o de empresas y laboratorios.

La monotonía de la información oficial y la oficiosa de los medios, la repentina desaparición de otros temas de la agenda nacional e internacional (el narcotráfico produjo, en las mismas semanas, más muertes que la epidemia) exigen repensar el papel de los medios audiovisuales y electrónicos. También las dificultades para manejar de modo razonado y matizado las nuevas discriminaciones que ocurrieron con los mexicanos en el extranjero y entre mexicanos en México: hay muchas posibilidades de pensar y actuar entre el nacionalismo y la xenofobia. Así como la escuela se quedó paralizada ante la epidemia, los medios exhibieron su escasa imaginación habitual, usos escandalosos del dolor o de emociones que requieren una discreción e inteligencia que, comprobamos, una vez más, “la autorregulación del mercado” no garantiza.

La televisión se volvió más monotemática, (salvo los “canales culturales”, 11, 22 y la televisión universitaria), justo en las semanas en que públicos con hábitos diversos –algunos más letrados, otros más audiovisuales, con distintos gustos melodramáticos o épicos- contaban preferentemente con ella no sólo para informarse sobre el Gran Tema sino porque deseaban una oferta más variada para entretenerse. Encontramos en las pantallas muchas caras que no suelen verse: médicos para responder preguntas y economistas para ir preparándonos sobre el derrumbe del PIB, del turismo y la pérdida de millones de empleos. ¿No podría haber también, como sugirió Raúl Trejo, periodismo de investigación a cargo de antropólogos y sociólogos que han aprendido el lenguaje de los medios y no tienen que improvisar, como muchos periodistas, en los temas de actualidad? ¿O un “noticiero para niños”, según la propuesta de Rossana Reguillo en su blog, que no subestime su inteligencia? ¿O acuerdos con las distribuidoras y exhibidoras de cine para proyectar en la pantalla chica “películas programadas para esta semana en las salas”, con participación de críticos, directores, actores y actrices de primer nivel, seguramente dispuestos a colaborar para que se renueve la programación televisiva?

Nunca fue cierto que los consumidores fueran pasivos o prisioneros de pulsiones irracionales. Menos pertinente es esta visión prejuiciosa cuando los intercambios multidireccionales en red están desplazando los estudios desde el consumo hacia el acceso y multiplicando vías alternativas de comunicación. ¿Cómo seguir aceptando el dúopolio de los medios –dos empresas que actúan en espejo-, donde sólo admiten simulaciones dirigidas de participación, y casi ningún debate de fondo sobre la sociedad en que queremos vivir?

La abstinencia de consumo cultural en lugares públicos está demostrando que los cines aún son deseados por muchos espectadores, que la televisión como sustituto de la escuela es insuficiente y después de unas horas aburre, que Internet amplía el saber y el entretenimiento pero no nos alcanza para la sociabilidad. La cultura a domicilio es un avance histórico, pero seguimos necesitando la ciudad, no sólo como espectáculo para el consumo, como lugar de trabajo y viajes fatigantes; también porque, como decía el poeta Luis García Montero, cada persona encuentra ahí “un paisaje urbanizado de sus sentimientos”.

Profesor-investigador en la UAM Iztapalapa, Néstor García Canclini es coordinador del Consejo Consultivo de la AMEDI.

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Eficacia mediática

Raúl Trejo Delarbre

Texto publicado en eje central

¿Qué debieron haber hecho los medios de comunicación ante la emergencia sanitaria? Para responder a esta pregunta sin voluntariosas ideologizaciones es preciso recordar que los medios, antes que nada, tendrían que ser instrumentos de servicio público. Son canales de mediación entre el Estado y la sociedad y, desde luego, entre los variados segmentos que conforman a esa sociedad. Son además espacios de información, entretenimiento, a veces de educación, etcétera. Pero todo ello se supedita a esa función primordial de servicio público.

Así que, en aras de tal servicio, ¿qué deberían haber pretendido los medios de comunicación? La respuesta no es difícil. Si nos encontrábamos ante una epidemia de alcances desconocidos e inicialmente delante de un virus que era –y en alguna manera sigue siendo– también impredecible, la prioridad de los medios era comunicar a la población las dimensiones mayúsculas del problema. De la misma manera, tenían que informar –e instruir– acerca de las medidas que la gente debe tomar para prevenir el contagio.

Esos deberes, los medios los han cumplido de manera notablemente organizada. A una semana de que comenzó la emergencia se puede asegurar que los mexicanos nos enteramos con rapidez de la epidemia. En pocos días la cultura de la protección sanitaria, desde luego acicateada por el miedo, ha permitido que nos resguardemos y ya todos conocemos los síntomas que hacen necesario acudir de inmediato a los servicios de salud.

La manera como distintos medios han presentado las informaciones acerca de la epidemia indican estilos, sesgos y enfoques varios. Pero en términos generales, sería mezquino regatearles a la televisión, a la radio y a la prensa, el papel de comunicación que han cumplido con eficacia. Algunos han exagerado más que otros pero, en ese panorama general, las descripciones altisonantes, la tentación del estruendo y las imágenes lastimeras quedaron en segundo plano. Las explicaciones a cargo de médicos especializados en epidemias han acaparado los segmentos dedicados a ese tema. Tanto en noticieros como en espacios habilitados de manera extraordinaria, las televisoras y radiodifusoras han sido puentes entre los expertos y el resto de la sociedad.

La información acerca del desarrollo de la epidemia ha resultado, esa sí, errática y confusa. Las contradicciones en los datos que comenzó a ofrecer hace varios días el secretario de Salud, así como los vacíos que se mantienen en algunos temas relacionados con los efectos del virus porcino, han desconcertado a no pocos ciudadanos. Los medios, al repetir esa información y sobre todo al prescindir del escaso contexto que le daban las autoridades, contribuyeron a esa confusión.

Pero esos tropiezos han sido parte de un aprendizaje colectivo. El secretario José Ángel Córdova ofrecía algunos días datos de enfermos y defunciones fehacientemente causados por el virus y, en otras ocasiones, se refería a casos aún no comprobados. Por lo demás, ese funcionario ha exhibido una paciencia extraordinaria, requerido día y noche no sólo por los medios sino por otras obligaciones.

El gobierno ha difundido la información a su alcance, desde que la tarde del jueves 23 entendió la gravedad de la epidemia. Puede discutirse si ese reconocimiento lo hizo a tiempo, o no. Pero en cuanto así fue, aunque tuviera que suceder casi a media noche, se anunció la suspensión de clases en la ciudad de México.

Los medios han permitido entender –hasta donde es científicamente posible– la situación de la epidemia y en ellos los ciudadanos han aprendido cómo cuidarse. Ese diagnóstico no les gustará a quienes consideran que el análisis crítico de los medios debe estancarse en la denostación permanente. Tampoco les agradará a quienes creen por principio que este gobierno es incapaz de cumplir con sus obligaciones.

Los medios de comunicación, siempre en una apreciación general, han eludido también la seducción del rumor y la especulación. En los días recientes han circulado por Internet versiones disparatadas, que nunca faltan pero que ante la emergencia epidemiológica resultan más irresponsables que de costumbre. Si alguien quiere creer que el virus H1N1 fue propagado intencionalmente para que dejáramos de prestar atención a la aprobación de algunas leyes en el Congreso (¡como si a la sociedad le interesara tanto lo que hacen los legisladores!), o para que hagan negocio las empresas farmacéuticas, o como resultado de una aviesa conspiración de Obama, Sarkozy y Calderón para atajar la crisis de la economía mundial (¡como si a Wall Street le sirviera de algo el cierre de restaurantes, el quebranto del turismo y el miedo en la ciudad de México!)  ese es asunto de cada quien. Pero si a causa de esas versiones inverosímiles hay quienes consideran que las medidas de prevención son innecesarias, entonces los rumores habrían tenido un efecto potencialmente criminal. Los medios de comunicación no han contemporizado con esa desinformación.

Eso no significa que todo lo hayan hecho bien. Les ha faltado iniciativa, sobre todo para hacer periodismo de investigación aunque ese es un problema permanente de los medios en México. Los conductores han tenido que improvisarse, no siempre exitosamente, como conocedores aunque sea superficiales de epidemias y providencias sanitarias.

La interlocución que entablan con sus audiencias es solamente excepcional y transcurrida la emergencia, la mayor parte de los medios volverá a la unilateralidad de siempre. En esta experiencia todos los medios, pero especialmente los de índole no comercial, podrían encontrar un rumbo que hasta ahora ha sido infrecuente. Los espacios radiofónicos del IMER, los programas especiales de Canal 11, las mesas redondas de TV y Radio UNAM, han sido oportunidades para hacer una comunicación de servicio público.

Archivado en: Gobierno y epidemia, Internet, Medios (general), Medios no comerciales

La televisión en Jalisco

Observación no sistemática… sí cotidiana sobre medios en estos días de tanta influenza

Empiezo por celebrar esta iniciativa, pues es una oportunidad de seguir contribuyendo de una manera adicional a la de simplemente ayudar a mi comunidad y País con mi encierro en casa. Y eso que amo y disfruto en grande estar en mi casa. Y me sigo preguntando qué podemos hacer más allá de externar nuestra opinión o nuestras inquietudes u observaciones,  en cuanto a conformación de estrategias que puedan partir de la consideración de los diferentes niveles y formas de comunicación con que contamos: interpersonal, organizacional, mediática, la académica misma, etc… etc…

Al igual celebro la mayor participación deC7 Canal local no comercial del Sistema de Radio y Televisión Jalisciense, en cuanto a la información tan variada sea en géneros  (noticias, entrevistas, respuestas a inquietudes de sus tele-seguidores) y aspectos abordados sobre el tema de la influenza “como se llame” .  El tema que ocupa mayor tiempo en C7 es la influenza: qué precauciones tener, cómo lavarse las manos de manera efectiva, cómo aprovechar que se lava uno las manos para luego cerrar la llave del agua que puede contener gérmenes depositados por el mismo que se ha lavado las manos , cómo cubrir el faltante de tapabocas en el mercado con su fabricación en casa, cómo hacer un uso adecuado del cubrebocas … y lo que también podría considerarse información relevante en estos momentos, cómo  “lidiar con los pequeños en casa”, cómo fomentar en estos momentos valores familiares, cómo, cómo re-organizar el tiempo, las relaciones y la comunicación de la familia en familia y cómo reorganizar el tiempo-ocio.

Sí  faltan a C7 espacios que analicen y busquen más allá de lo que nos informan las voces oficiales. C7 modificó su programación pensando en los cambios sufridos en la vida laboral, familiar y cotidiana, pero aún así ha resultado una buena opción y una sorpresa.

En definitiva, la versión oficial completa ahora está en el canal no comercial, a diferencia de que en los canales comerciales ésta se presenta en corte y con cortes como parte de espacios informativos, como parte de una noticia o como parte de una capsula informo-preventiva.  Pero la transmisión de la información oficial a través de C7 ha sido por la posibilidad de conexión con Canal 22 y la puesta en red con otros canales no comerciales.

Me hago muchos cuestionamientos  y me siento impotente al escuchar a diferentes reporteros de distintos medios, en las ruedas de prensa en transmisión en vivo, planteando de manera insistente sobre cuestiones que ya han sido informadas minutos anteriores y que no informan más de lo ya informado o medio informado… cuando está claro que no está claro, en lugar de aprovechar los limitados segundos para nuevas cuestiones, para información diferente, sin necesidad de llevar al enojo o desesperación de ambas partes: el que trata de informar y el que trata de buscar información.

Nuestros medios son totalmente cuantitativos más que informativos. Prueba de ello es que tuvieron que pasar poco más de 24 horas para poder escuchar información relevante y útil más que atemorizante: por ejemplo síntomas que atender, cuidados a seguir, de qué o quién y cómo habría que cuidarse.  En lugar de esta información las primeras horas escuchábamos las mismas cifras 20 y 22 una y otra vez hasta el hartazgo. En dónde estaba algún entrevistador creativo que buscara especialistas durante las primeras horas que nos dijera qué significado tenían esos números y qué podíamos empezar a hacer para evitar que nos cambiaran las cifras.

Y por otro lado su papel se limita a buscar respuestas a las inquietudes de los reporteros.

Quienes son los actores más importantes en la transmisión de información de interés general, de relevancia, de novedad, de actualidad, de objetividad, y demás características periodísticas, no tienen confianza en la información proporcionada por las autoridades (quienes se supone la tienen o la deberían tener) pero se aferran a obtenerla de ellos y algo más riesgoso a transmitirla.

Predominancia de términos técnicos en los discursos de nuestros medios y en nuestras autoridades.  Según las cifras en México y en el mundo existen más (casi 2 o 3 a 1) defunciones por neumonía (y van en aumento), pero toda la atención está puesta en el concepto de Influencia (particularmente porcina, ahora humana). Parece que el hallazgo que se celebra es encontrar muertes por otra causa que no sea por el virus de la influenza.  Pero a mis odios sigue resonando que la gente sigue muriendo por neumonía. Con esos datos le temo a la influenza, pero me parece le temo más a la neumonía.  Según los expertos el virus de la influenza porcina o en su modalidad de humana  en sí no ocasiona la muerte, sino su posible complicación con un cuadro de neumonía ¿simple retórica y argumentación falaz en los discursos de autoridades y retomada por nuestros medios?

¿qué podemos hacer para que los medios de otros países no hagan sus noticias con la denominación de “influenza mexicana”… según  las cifras podría corresponder algo así como “influenza México-estadounidense”, pero bautizarla no nos corresponde, pero sí debería tocarnos  defender lo que implica referir como “mexicano” a este virus dentro de la opinión pública.

Finalmente, celebro también contar con este recurso denominado Internet, porque en estos tiempos de Influenza, la mejor información, la más oportuna, la más rápida, la más urgente y la más orientadora, la he encontrado a través de internet. Información

La influenza también ha matado a tantos mensajes basura que llegan cotidianamente a mi bandeja de entrada, pues también han dejado de fluir en estos días, por lo menos a mi computadora.

Y por último me pregunto será necesario hacer en cuanto a las formas y espacios de recreación y entretenimiento, de la masividad a la ¿?????????????.

Teresa Tovar Peña

pos_teretovar@yahoo.com

Universidad de Guadalajara

Departamento de Estudios de la Comunicación Social

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TV UNAM y Radio UNAM

Ayer miércoles en la noche busqué en Televisa y Azteca la conferencia de prensa del Secretario de Salud y sólo el canal 11 la trasmitió en vivo y completa.

Mis respetos por TV UNAM -y radio UNAM- y su programa nocturno en vivo en donde invitan a expertos a contestar preguntas del público.

Así mismo su página en red con información orientación ciudadana.

Elsie Mc Phail /UAM Xochimilco

Universidad Autonoma Metropolitana

Unidad Xochimilco, Mexico, D. F.

http://www.xoc.uam.mx

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